Siempre impacta. Siempre sorprende. Lo de menos es la ropa, si es ponible o no, que siempre lo es, si innova, si se repite, si se pasa de la raya o si desvía la atención con tanto circo y tanto atrezzo. A pesar de todos los peros y por encima de todo John Galliano, crea y regala espectáculo. Y no hablo del show por el show, de la parafernalia para tapar su falta de sentido de común con la ropa, porque si construyendo looks es todo extravagancia, es a la vez la persona más lúcida de la industria de la moda. Rezuma creatividad y lógica a partes iguales.
Es capaz de inspirarse en una piedra y crear algo mágico. Lo mismo le da la corte del rey Arturo, que Maria Antonieta que el arte del toro. Es capaz se sacarle punta a todo de manera tan absurda como creíble y majestuosa. Y esa es la diferencia no solamente entre el cuerdo y el loco sino entre un buen diseñador y un genio. El buen diseñador ejecuta con solvencia pero el genio, concibe e inventa mundos paralelos y maravillosos.
Esta vez le ha tocado el turno al imperio Británico.










